Cuando planeamos algo, definimos una meta, proyectamos un cambio o formulamos un deseo posible, realmente estamos reafirmando nuestra esencia de seres humanos en continua evolución y progreso personal, pero no siempre disponemos de las herramientas necesarias o de un manual de instrucciones vitales bien traducido a nuestro nivel de comprensión y sensibilidad en ese periodo de nuestra vida.

Es en ese momento cuando necesitamos una ayuda exterior que nos permita ver el camino que hay que  emprender y que nos aliente a seguirlo y a no desistir cuando las fuerzas decaigan.

Buscamos cambiar, mejorar, sentirnos bien y a gusto con todo aquello que nos rodea, con lo que hacemos y sobre todo con nosotros mismos, ese es nuestro objetivo y nuestro ideal, en lo personal y en lo profesional, y ese cambio, esa mejora solo es posible con dedicación y entusiasmo.

Nuestros esfuerzos tienen que recompensarnos con resultados, por lo que nuestro plan de acción es importante que tenga la capacidad de alcanzar el efecto que se espera o desea tras la realización de una o varias acciones concretas, eso es lo que llamamos eficacia, y si además somos capaces de realizarlo utilizando los recursos a nuestro alcance de forma racional y optima, habremos sido eficientes.

Eficacia es hacer lo necesario para alcanzar o lograr los objetivos deseados o propuestos.